domingo, 26 de octubre de 2008

El relato del mundo



El pasado domingo 19 Christian Salmon afirmaba en una entrevista en El País sobre su libro Storytelling: "Lo que he intentado hacer en el libro es mostrar cómo se construye, al lado de la realidad, un orden nuevo del relato, un orden ficticio que sustituye a la realidad". Dos días antes, un artículo en el mismo diario de Antonio Núñez, hablaba del relato de los dos candidatos a la presidencia de USA, de su sentido, amplificado al nivel planetario -convertido en largo culebrón con capítulos casi diarios-. Nos enteramos que Núñez es autor del libro ¡Será mejor que lo cuentes! Los relatos como herramientas de comunicación-Storytelling. Según parece este es el nuevo paso que ha dado la artrítica Semiótica. En los tiempos de su esplendor, a los objetos, a las marcas, a las personas, las atribuían cualidades, valores añadidos. Los tiempos cambian. En la entrevista, afirma Salmon, "una marca es hoy en día una historia". Es la era del storytelling, del relato. Ambos autores coinciden en analizar la vertiente política del relato. Raquel Herrera, cuyo blog lleva por nombre Tempus fugit, parece ocuparse de la vinculación entre narración y arte.No cabe duda de que vivimos rodeados, saturados de relatos.
Ya es un tópico afirmar que la estructura de un telediario se corresponde con una narración con final feliz. Nuestra propia vida la vivimos, en gran medida, como si de un relato se tratara. Junto a la narración, la otra gran saturación es el yo. El mundo como relato, el relato del mundo. La vida como relato. Es lógico por tanto, esa disolución entre ficción y biografía en la novela actual.Es posible que cualquier período histórico haya sido vivido bajo la proyección de un relato. A veces monopolizado por uno solo. Basta en pensar en los períodos donde la religión ha ocupado el centro del escenario social. Ahora, la diferencia estriba en que no podemos dar la espalda al relato, no podemos acceder a una realidad real, pues nos consagramos en cuerpo y alma a hacer de nuestra vida un logrado ejemplo de narración.
(Recuerdo una anécdota que ya en su momento me sobrecogió: durante mi instrucción militar en los gloriosos días en que existía la mili, durante una marcha, cargados con una mochila y el fusil, mis compañeros de penurias se pusieron a silbar, de manera impremeditada, la melodía de la película Puente sobre el río Kwai, en una intertextualidad soberbia entre relatos equivalentes)
¿Parece, por tanto, que ya no podremos concebir el mundo como objeto del relato, en un intento de comprensión, sino que ahora solo cabría incorporar relatos que engruesen un catálogo del que la propia realidad, el propio mundo es otro ejemplo más?

viernes, 3 de octubre de 2008

Literatura curativa


Entonces qué, ¿debería hacerme médico de mayor? ¿O escritora? Es un poco lo mismo, ¿no?, dice un personaje de Muriel Barbery, en su superventas La elegancia del erizo. Pero, ¿es posible una literatura curativa en esta época postmoderna? ¿Es compatible la curación con cientos de miles de ejemplares vendidos? La postmodernidad nos ha hecho lúcidos y lúdicos, pero también cínicos y frívolos.
Somos producto de nuestra época. Para que en una sociedad suceda un crack como el del 29, es necesario que sea rígida. La actual crisis nos pilla demasiado descreídos. Nuestra sociedad, nuestros valores, son dúctiles, flexibles. A los descensos histórico de las bolsas, les suceden alzas inexplicables. ¿Quién puede aferrarse a una certeza, aunque sea la del más negro futuro? ¿Quién puede creer en que un texto cambie el mundo, a una sola persona, una simple opinión?
Ello no es obstáculo para disfrutar una vez más de otra novela.


martes, 30 de septiembre de 2008

Disciplina y rutina

Siempre que busco disciplina me doy absurdos baños de aburrimiento, asegura el aforismo de Luis Felipe Comendador. Los dos extremos del balancín en que se mece el artista son la disciplina y la espontaneidad. La concepción romántica vuelca todo su peso en la inspiración, el desorden, la espontaneidad y reniega de la disciplina como del veneno de la mediocridad burguesa. Aún permanece vivo en nuestras ideas comunes parte de las creencias románticas. Desde luego, el postcapitalismo (¿cuál será el nombre de la ¿nueva? etapa que parece comenzar ahora; fama eterna a quien lo bautice) nos mostró los viejos goces del hedonismo. Disciplina, trabajo, esfuerzo, eran valores remotos, burgueses, calvinistas, por supuesto. Pero, ¿qué arte puede surgir sin el balancín de la disciplina? Qué pereza. Qué goce, al mismo tiempo, engolfarse en el trabajo sin medida. Llega el otoño, el nuevo curso, y otra vez aparece la vieja polémica, sobada, aburrida. Otra vez es obligatorio crearse rutinas, construirse sobre sus cimientos; si no, el tiempo se desmiga ante nuestros dedos, inútilmente. Otra vez el otoño, el curso, las rutinas, la vida real, el trabajo, escribir, leer, escribir, las obligaciones domésticas. Qué pereza.

sábado, 30 de agosto de 2008

Reivindicación del turismo

En una de sus canciones Antonia Font declara contundente què un turista és humanista i no un pirata. Muchos entenderían la afirmación como una muestra fina de ironía, más aún si tenemos en cuenta el origen mallorquín del grupo. Todos somos turistas y ninguno querría ser calificado de pirata ni teñirse del desprecio que mostramos hacia el resto de la humanidad convertido en turista.

El turista sale de su casa, de su pueblo, de su ciudad y también de su rutina y de sí mismo. El turista, aunque nunca se interese por todo ello, visita museos, monumentos, edificios históricos, admira cuadros, estatuas, colecciones etnográficas, paisajes, prueba comidas extrañas, echa de menos lo que a diario le resulta indiferente, abre sus ojos a lo diferente, a razas y costumbres y formas de vida desconocidas, conoce el riesgo de viajar en avión, de perderse en un metro de una ciudad desconocida, de equivocar el camino y no encontrar el hotel, hace amistades, se siente gregario y toma conciencia de su propia individualidad.

No sé si todo ello le convierte en un humanista. Tampoco creo que el sistema escolar posibilite esa transformación y, mucho menos, los medios de comunicación. El turista no regresa a su casa igual que salió, por más refractario que sea al cambio.

El turismo, entre otras virtualidades -sobre todo económicas- se ha revelado como uno de los principales modos de educación de masas. Y, desde luego, de aprehensión narrativa de la realidad.



viernes, 25 de julio de 2008

Seres de palabras

"Las palabras ardían en el aire durante algunos segundos, y luego caían convertidas en ceniza. Eran sólo estrategias del yo"

Podría decirse que la cita resume lo que en gran medida es / ha sido la literatura: estrategias del yo. Que la poesía lo haya sido, al menos desde el Romanticismo, no nos extraña demasiado; que la novela lo haya sido, quizá nos resulta censurable. Qué difícil ha sido poder representar la realidad -aunque sea una realidad ficticia- sin sucumbir a las anteojeras del yo. La gran literatura del siglo XX puede estudiarse a la luz de una huida del escritor del yo-autor. ¿Podría calificarse el resultado de fracaso? Crematorio intenta huir de la mirada del yo, tantas veces camuflada en una tercera persona o en el objetivismo más frío.

"Los hombres vivimos y morimos solos, la individualidad es algo infranqueable. Nadie puede atravesar esa frontera que nos separa del resto del mundo (somos yo y lo demás, que nos rodea, nos cerca, pero no nos penetra, lo que nunca acaba de ser parte de nosotros)."

Puede que esa sea la razón última de la omnipresencia pegajosa del yo y del hecho mismo de la literatura: ¿qué demonios hacer con esa aprehensión personal de la realidad? Crematorio da voz a múltiples voces personales. Todas se autojustifican, todas muestran una parte de razón y otra de mezquindad, una dosis de idealismo y otra de fracaso. Pero, en el fondo, la visión sumada, totalizadora es la del autor. ¿Inevitable?

"A lo mejor hubo un tiempo en el que uno podía engañarse, pensando que un escritor podía ser alfarero del mundo. Que sus palabras participaban del valor performativo que tiene el verbo de Dios, que, con solo nombrar la luz, enciende el sol, la luna y las estrellas. Hoy ya sabemos que no hay nada de eso."

Por supuesto, Crematorio no es una novela ingenua, aunque todo aquello que contenga una denuncia nos suena hoy -tan postmodernos nosotros- ingenuo. La denuncia de la novela es más radical que la corrupción, que los oscuros e ilícitos tejemanejes que hay detrás de toda fortuna. Los personajes no son otra cosa que palabras. Sus razones, su parte de verdad y de razón, no son más que palabras, una detrás de otra, con mayor o menor fortuna retórica, pero palabras. Y nosotros mismos, personajes o personas reales, no somos más que palabras y las razones que sustentan nuestra visión del mundo y nuestra forma de comportarnos no son más que palabras. Todos seres de aire, vacíos, sin costuras, volátiles. Ni los personajes de Crematorio ni nosotros, sus lectores, tenemos ningún otro anclaje en la realidad que las palabras. Y, como se deduce de la novela, no las hay verdaderas o falsas, sólidas o ligeras, encubridoras o sinceras. Todas son equivalentes. ¿Quién se atreve hoy a juzgar a los demás, sus razones, su forma de vida?

La novela, tremenda, magnífica, nos ofrece un espejo de vacío en el que mirarnos.

viernes, 4 de julio de 2008

Recorrido

El recorrido es un desierto desmentido por los coches y camiones que nos acompañan, por las gasolineras y los bares de carretera, por los cultivos de paneles solares y las manchas apretadas de los pinares. No hay nadie y todo nos delata. El coche traza las curvas con la suficiencia del instinto animal. El recorrido es la espera. Suena la música de Antonia Font. Es la banda sonora de este instante, cuando la carretera asciende y evita el cerro amarillento y continúa en línea recta. Las melodías, las palabras inesperada ocupan el espacio de los minutos, el espacio de la espera.

domingo, 29 de junio de 2008

Sólo distancias

350 kilómetros nos separan de otra vida. Llegamos sin que nadie nos espere. Nadie nos conoce. Para nosotros es una ciudad apenas conocida. Nunca estamos seguros de si vamos en la dirección correcta o acabaremos perdidos sin remisión, si la calle desemboca donde intuimos. No sabemos a qué bar es obligado acudir, a qué hora. Todo es extraño y vagamente familiar. Doméstico, festivo, como las proporciones de su catedral, grandiosa y diminuta. Sólo a 350 kilómetros. En otro mundo. Y eso nos llena de una euforia contenida y humilde. Euforia, a fin de cuentas.

domingo, 22 de junio de 2008

Regreso

Las ciudades se parecen entre sí. Es imposible pasear por Granada, Madrid, León, Burgos, Atenas, París, Albacete, Florencia, sin que una esquina, un edificio, una pequeña calle peatonalizada, una manzana de las afueras no remitan a cualquiera de las otras. El mismo estilo de época, semejantes dimensiones de desfiladero o una parecida filosofía urbanística las hermana a trozos, como si la ciudad -cualquier ciudad, todas las ciudades- fuera un tejido de patchwork. Claro, luego están los edificios monumentales o los conjuntos temáticos que las individualizan, casi siempre lugares de tránsito y de turistas, de una vida artificial, como el retrato al óleo de un viejo pariente, de rasgos familiares, pero de nombre y personalidad desconocidos en realidad.
Al final de la jornada, en la cama a oscuras se superponen la mujer de espalda ancha que cuidaba de su hijo en los columpios del parque, el grupo de matrimonios sentados al lado, en la terraza de un bar, la joven de las cejas tan marcadas que paseaba a un perrito diminuto y silencioso, la camarera extranjera con acento de película. El patchwork de los seres humanos.
Ahora, ya de regreso, en la madriguera rodeada de montañas, cubierta de un azul que tiende al blanco, sólo cabe esperar.

viernes, 6 de junio de 2008

Viajes

El viaje requiere una mirada predispuesta, al mismo tiempo que lava y limpia la mirada. Las impresiones son fugaces y lo memorable o es realmente impactante, o se pierde en la abultada lista de recuerdos, sometidos a una inevitable devaluación. Por ello quizá se haga cada vez más necesario rescatar las impresiones en forma escrita. Volvemos, tal vez, al presupuesto de la Modernidad: la escritura como forma de rescate, como salvación del paso aniquilador del tiempo. Es posible que la escritura de viajes obedezca a un modo más moderno que posmoderno: el yo y el mundo se exponen bajo la luz de las palabras. Pero somos hijos de nuestro tiempo y no podemos dejar de jugar, de mezclar, de revolver, de mostrarnos ingenuamente como seres que hace tiempo perdieron la ingenuidad y la inocencia -literaria, convencional-. Es también posible que la poesía sea el género que mejor se acopla al fragmentarismo, a la impresión cazada al vuelo, a la reflexión casi intuitiva, seca, sentenciosa.
He aquí la primicia personal de todo ello: les presento Días de peregrinación. Italia.

jueves, 5 de junio de 2008

Futuro

Pasado y futuro son dos modos, dos nombres, de construir la realidad. Ahora, la crisis real y la ambiental nos proyectan un futuro más sombrío que aquel a que nosotros mismos nos teníamos acostumbrados, casi siempre el lugar del pleno desarrollo de los avances tecnológicos y médicos, de las prolongadas expectativas de vida, nunca de las hambrunas de medio mundo, de la falta de agua o de aire de calidad. Éramos optimistas. O quizá, igual que en la construcción retrospectiva de la realidad que moldeamos cuando relatamos el pasado, sólo rescatamos lo positivo, lo que nos da fuerzas para mantenernos en pie.
Los anuncios de Endesa y de Repsol, algo ñoño el primero y tremendamente esteticista el segundo -vivimos embebidos de lujo estético-, parecen dos palmaditas en la espalda antes de que el desánimo cunda entre nosotros. Inventar el futuro, inventar el medio de rescatar el futuro aparecen ahora casi como brindis al sol, como sueños de ilusos optimistas. Y más cuando esos mensajes provienen de quienes todos los indicios apuntan como fuerzas activas de la degradación que nos aguarda.

viernes, 23 de mayo de 2008

El mito de Internet

Internet aún es una ¿herramienta?, ¿un lugar?, ¿una realidad? lo bastante desconocida para la mayor parte de la gente como para que se esté construyendo aún su imagen colectiva. Y, entre todas las imágenes posibles, parece que los medios mayoritarios de ¿información?, ¿comunicación?, ¿formación de masas? se inclinan por construir una imagen mítica en la que habitan lo portentoso, el triunfo, un espíritu lúdico y las soluciones cuasimágicas. Hay quien consigue cambiar un clip por una casa, quien empieza con una empresa en el garaje y se transforma en el hombre más rico del mundo, quien salta a la fama -a los telediarios, que así refuerzan la imagen que construyen- desde su blog, su maqueta colgada en myspace, su negocio circunscrito en principio a la red. Hoy he visto en el telediario cómo un test -creo que ya ancestral, el clásico sociograma- logra, gracias a su formato digital, detener de forma absoluta el acoso escolar.

Los medios seleccionan aquello que confirma la imagen de la realidad -de esta y de cualquier otra- que, en el fondo, ellos mismos han creado. Los mass media tienen el poder supremo de construir la realidad y este es su modo de representarla/crearla. Frente a su poder omnímodo, la literatura y el arte apenas pueden competir. ¿Se habrán repartido los papeles y al arte le ha correspondido el de mero objeto -todo lo refinado o culto o vulgarizador que se quiera- de entretenimiento?

martes, 13 de mayo de 2008

El peso de las ideas

"A la larga, la verdad no importa". Wallece Stevens.
La frase está llena de decepción, de aceptación del poder superior del paso del tiempo que borra la importancia de todo, incluso de esa invención tan sobrevalorada llamada verdad. La frase tiene un regusto de rendición, de dejación de la lucha por el conocimiento. Pero también nos libera del peso sagrado de las grandes palabras, de una responsabilidad que paraliza. La culpa, la verdad, lo dicho, lo hecho, ¿qué importancia tienen al hacer el balance final?

domingo, 11 de mayo de 2008

Historias verdaderas

En el artículo "Las enseñanzas de Sherezade", publicado hoy en El País, Gustavo Martín Garzo nos enfrenta a la distinción entre las "historias verdaderas" -los mitos- y las "historias inventadas". No es la primera vez que Martín Garzo nos adentra a través de sus textos a una interpretación, que cabría calificar de trascendente, de la literatura. Su voz es, a estas alturas postmodernas, casi única, una voz imprescindible, un modo de ver la literatura y el arte profundo, enraizado en la esencia última del ser humano. Cuando habla de literatura, lo hace con mayúsculas: "La ficción entendida como mero entretenimiento, como mundo paralelo que nos permite sortear el aburrimiento y el cansancio de lo real, termina por convertirse en un juego banal que apenas es capaz de provocarnos algún que otro estremecimiento".
Volvemos a un tema que espero sea recurrente en este blog: la representación de la realidad, o el arte y la realidad, o mundo y literatura: qué representa el arte y por qué, cómo puede hacerlo, qué espera que le diga el lector o el espectador o el oyente. Y todo ello, hoy, ahora, para el futuro inmediato. Me parece un aspecto cardinal de la reflexión artística. Quizá la única.
Es posible que el deslizamiento de la ficción hacia la realidad que es posible observar en la novela actual tenga algo que ver con el descrédito de las "historias verdaderas" de las que habla Martín Garzo. O que sólo se trate de una nueva forma de adaptarse a las necesidades de escritores y lectores contemporáneos. No estoy seguro de cuál es la opción correcta, si es un síntoma o un remedio.
"Curiosamente, la falta de referencias a esas historias verdaderas que constituyen la base del mito ha provocado un empobrecimiento tanto de la realidad como de la ficción". Esto es lo que hoy sucede, quizá no exclusivamente por la ausencia de historias verdaderas. ¿Es esa afirmación aplicable a todas las culturas, por ejemplo, la islámica o las africanas?
¿Es posible que la ficción haya salido al rescate de esa realidad una vez que se ha producido, según Gustavo Martín Garzo, un "radical descrédito de lo real"? Desde luego, la sobreabundancia de información, de imágenes que aparentan haberse apropiado absolutamente del mundo real, accesible para todos al instante, ha podido hacernos intuir que, en contra de lo pudiera parecer, la realidad se nos escapa. Y necesitamos agarrarnos a ella, porque es el medio natural en el que respiramos. ¿Y de ahí que el territorio de la ficción se vea ocupado por el de la no ficción? ¿O es sólo una reacción contra el exceso de ficción de la novela comercial (histórico-policíaca...) o un síntoma de rendición frente a otros formatos (los visuales) que han ganado la batalla en el relato de historias?

jueves, 8 de mayo de 2008

Un lugar detenido en la tarde
El griterío de los vencejos
Una calle larga
El silencio
Unos segundos
Entre la inercia que clausura el día
Y la exaltación de un instante
Un lugar detenido olvidado
Sin nombre
Un lugar en el que plegarse a su ritmo
Mientras la luz
Se estrella en la blancura de las fachadas

lunes, 5 de mayo de 2008

Cultura & show business



Cada vez es más notorio que los intelectuales se han sumado a la caravana del espectáculo. Si existen festivales de teatro y de cine, ¿por qué no van a tener su público un escritor o un filósofo con tablas, con anécdotas jugosas, con opiniones amables o polémicas? De ahí la proliferación de los Hay Festival, de las concentraciones de poetas, de la inclusión de filósofos en festivales de música, los ciclos de charlas y conferencias. La atracción del público ante la presencia del autor en las presentaciones de libros, las colas ante la caseta para conseguir un codiciado autógrafo, empalidecen ante el nuevo sesgo del negocio. Los autores se embarcan en la gira. El público paga religiosamente su entrada. En parte, un elemento más de la profesionalización del intelectual; en parte, un signo de la cultura de masas, del espectáculo. ¿Se trata tal vez de un síntoma de la banalización de la cultura o de una muestra de la extensión de la cultura en una sociedad opulenta y cultivada? ¿Por fin la cultura se traduce en beneficios empresariales? ¿Se reduce todo, más que a la profundidad de la propuesta, a un nuevo juego del mercado?

miércoles, 30 de abril de 2008

Un novelista en la Academia

Javier Marías, en su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua, señaló el pasado domingo la imposibilidad de contar, de relatar fielmente un hecho acontecido realmente, a diferencia de lo que sucede en el proceso de relatar una ficción, donde todo encaja y no es de otro modo que del relatado. Justifica así la necesidad, o el deseo, del ser humano de leer esas mentiras que constituyen la literatura:
"Necesitamos saber algo enteramente de vez en cuando, para fijarlo en la memoria sin peligro de rectificación. Necesitamos que algo pueda contarse a veces de cabo a rabo e irreversiblemente, sin limitaciones ni zonas de sombra o sólo con aquellas que el creador decida que formen parte de su historia. Sin posibles correcciones ni añadidos ni supresiones ni desmentidos ni enmiendas. Y lo cierto es que sólo podemos contar así, cabalmente y con sus incontrovertibles principio y fin, lo que nunca ha sucedido.
Lo que no ha tenido lugar ni ha existido, lo inventado e imaginado, lo que no depende de ninguna verdad exterior. Sólo a eso no puede agregársele ni restársele nada, sólo eso no es provisional ni parcial, sino completo y definitivo."
Resulta, por tanto, que es más fiable lo ficticio que lo real. En cualquier caso, todo lo relatado resulta siempre ficticio. Y lo ficticio suele hablar inevitablemente de lo real. Se cierra así el círculo: sólo es convincente lo ficticio que, paradójicamente, se refiere a lo real. Nada de todo esto parece tener demasiado sentido. Y, sin embargo, funciona. Quizá porque en sus trazos, en sus huellas, encontramos más sentido a la realidad que en su mismo acontecer. El modo de aprehender la realidad que propone Marías es simple: contarla. La representación de la realidad es sencillamente su invención.

domingo, 27 de abril de 2008

Velada poética dentro de las "Jornadas del libro"


El viernes, a una hora que casi podía calificarse de "blanca", salimos al ruedo del escenario de la Casa de la Cultura de Arenas a recitar poemas. Seis poetas y una intérprete de flauta. Es posible que el número de espectadores alcanzara la cifra de lo exitoso, seguro que la de aceptable. Recitamos más poemas ajenos que propios. Al final, lo más llamativo fue que varias personas nos dieran las gracias; alguna calificaba la velada como de "un regalo". Puede que sea así. La poesía ofrecida sin contraprestaciones, recibida sin prejuicios, se convierta en un lujo, en un gran regalo. Aunque nosotros no hiciéramos más que de intermediarios.

sábado, 26 de abril de 2008

23 de abril

Un año más se celebró el día de la Comunidad de Castilla y León y la diada de San Jordi. El contraste es sumamente elocuente. El Mundo, en su suplemento de Castilla y León recoge la noticia: "20.000 castellenos y leoneses claman en Villalar por un desarrollo equilibrado de la Comunidad"; luego, las fotos desmienten el número -al menos los que asistieron a los discursos de las autoridades- y el verbo "clamar". Los políticos aparecen deslucidos con sus trajes de andar por casa y el pañuelito al cuello, con su intento patético de hacerse pueblo.

El contraste con lo que sucede en Cataluña, en Barcelona, ciega: hordas de lectores arrasan los puestos de Las Ramblas y encandilan a sus parejas y amigos con libros y flores. La política también se entremezcla y potencia la celebración. No es tanto que la fiesta refleje lo que es Cataluña como lo que quiere llegar a ser. Es el espejo de los deseos. ¿Qué decir en cambio de nuestra comunidad, que no siquiera sabe a ciencia cierta qué clase de evento conmemora?

La fiesta del libro trae artículos sobre su decadencia o su pujanza. Monika Zgustova, en El País, se sacude los tópicos y afirma que su salud limita con las regiones del mito: "De todos los campos de la creación, el del libro es el más dinámico y diversificado: ni las artes plásticas, ni la música o el cine pueden ofrecer anualmente tanta riqueza de nuevos talentos como lo hace el mundo del libro. [...] Y toda esa efervescencia es posible gracias, finalmente, al lector que, en la soledad, sigue dispuesto a descubrir tanto a los clásicos como a los nuevos autores."

El contraste con lo que hace poco decía Philip Roth en una entrevista en el mismo diario, es absoluto: "El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto."

¿Quién tendrá razón? Lo que parece seguro es que la industria editorial ha despertado como industria: planifica lanzamientos con el mismo sistema invasivo como si se tratara de películas norteamericanas, opta por libros de formato generoso, tapas duras y precio en consonacia. Se aproxima a una industria del ocio. A fin de cuentas, si para un niño se gasta en un videojuego 30, 40 o más euros, ¿por qué un adulto no va a estar dispuesto a emplear 20 o hasta 30 euros en un entretenimiento bien envuelto de continente y mercadotecnia?

Por otro lado, creo que vivimos en la época de toda la historia de la humanidad en que más se lee y se escribe, gracias a Internet, por supuesto. Y esto no tiene visos de cambiar. Lo que posiblemente dé lugar a un nuevo mundo cultural, con otros valores y otros modos que aún están por nacer o acaban de hacerlo y aún no somos capaces de verlos y encorsetarlos en un nombre y una definición.

martes, 22 de abril de 2008

No Ficción





"Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real", dice Borges en El Aleph. Pero ¿qué nos convendría más? ¿Tomar a la realidad por real o asumir que su irrealidad es la característica?
Sin duda nos libraríamos de un número incalculable de cargas si apostamos por la segunda opción. Gracias a tomar la realidad por irreal o, simplemente, como dice Borges, intuir en silencio que cuanto sucede pertenece a la ficción, obtenemos un impulso de inmortalidad. Un impulso de salvación que nos exime gloriosamente de un sinfín de preocupaciones, desdichas y padecimientos.


Más o menos ese es el fragmento del blog de Vicente Verdú que se reproduce en el reportaje que sobre este escritor valenciano publica hoy El País a propósito de su último libro, No ficción. Tenía ganas de escribir sobre este libro desde que lo leí hace unas semanas. Desde hace años me ha seducido su mundo literario, si es que aceptamos este adjetivo como válido para cualquier producto escrito, ya sea artículo, libro de ensayo o novela; y Verdú ha conseguido crear un mundo literario perfectamente reconocible. No ha sido una manía exclusivamente personal. Su indagación en los síntomas del presente, su visión del hoy desde el mañana o el pasado mañana, ha tenido eco en autores que ahora aparecen como abanderados de una nueva literatura.


Su último libro, sin género aplicable, un género nuevo e híbrido, representa una vuelta de tuerca más, lógica, a esa región que una parte de nuestros novelistas ha cartografiado: la disolución entre realidad y ficción. Frente al primer modelo postmoderno que proponía un relato ficticio trufado de realidad, de sobreentendidos y de puro guiño lúdico, Verdú nos propone la realidad del yo como ficción. Y, a la vez, la ficción como no ficción. No juega a meter el pie en el agua, sino que se lanza de cabeza a la piscina. Dinamita la distinción entre lo verosímil y lo verdadero. Lleva al lector al otro lado de la construcción del relato, en el supuesto de que no existe relato, sólo vida, o vida relatable y, por ello, ficticia. Se corresponde con el diagnóstico presente en una de sus obras en la que explicaba que el capitalismo de ficción en que vivimos lleva al sujeto a vivir su propia vida como una novela o una película.


Una tendencia del arte de cierto eco mediático ofrece el propio cuerpo del artista o su vida como producto artístico. No ficción puede ser su correlato literario. Puede parecer, como muchos que la postmodernidad ha abierto, un camino sin salida. Verdú enumera las claves de esta nueva escritura: lenguaje estético, un yo "liberado del exceso de ego" como protagonista, tono introspectivo y ensayístico, el fragmento, el detalle -lo único de lo que se puede hablar hoy-, el humor, la ironía. ¿Cuántas obras como No ficción podrían escribirse? ¿Cuántas estaríamos dispuestos a leer?


Queda, sin duda, la labor de demolición. ¿Existe diferencia entre ficción y realidad? ¿Es posible acercarse a una obra artística desde una perspectiva distinta a la de la representación? ¿Puede hoy representarse la realidad, aun de forma intencionada y subjetiva? ¿Existe algo que podamos llamar "realidad", distinguible de la ficción? ¿Merece la pena la ficción en un mundo sobresaturado de relato -incluso la propia vida- y, por tanto, de ficción?

lunes, 21 de abril de 2008

Modigliani (II)

Kikí de Montparnase, por Kisling




Una de las sorpresas de la exposición "Modigliani y su tiempo" fue descubrir al pintor polaco Moïse Kisling. No demasiado situado en el ranking de la historia de la pintura me pareció, sin embargo, un pintor original, capaz de modos diversos y personales, asimilable, en parte, a la escuela pictórica de la "Nueva Objetividad" alemana, con Dix y Grosz como representantes más célebres. Ese tipo de representación, a caballo entre un realismo detallista y la deformación expresionista, me resulta sumamente atractivo. Sus autores pueden oscilar a uno u otro lado de ambos extremos sin traicionarse. Los cuadros de Kisling dialogan con el espectador de forma casi inagotable.


Acababa de ver un retrato de Kikí de Montparnase de colores brillantes, lleno de espectativas, vital, cuando descubrí entre las fotografías que documentaban la vida de Modigliani una instanténea del mismo personaje. Fue la imagen que más me llamó la atención. La veladura del ligero desenfoque teñía aún más de melancolía el rostro fatigado, de pómulos caídos, el cuerpo apenas visible envuelto en lo parecía una bata, agotada quizá después de una sesión de pose. No parecía importarle en absoluto que en ese momento estuviera expuesta al objetivo de una cámara.


Las dos eran representaciones de la realidad, de una misma realidad quizá separada por unos cuantos años, quizá anterior la fotografía, aunque pareciese lo contrario. La fotografía parecía retratar un momento íntimo en todos los sentidos. El cuadro elevaba el personaje hacia la eternidad. No era tanto la perfección formal o el tipo de retrato, sencillo desde luego. Se trataba de la intención que ponía el artista en robar a la realidad su forma.

Kikí de Montparnase, por Kisling

viernes, 18 de abril de 2008

Modigliani (I)


El pasado fin de semana tuve la ocasión de ver parte de la exposición "Modigliani y su tiempo" que se presenta en Madrid hasta el 18 de mayo. En la sala de la Fundación Caja Madrid predominan, como en toda la obra del pintor italiano, los retratos. La mayor parte de su obra pertenece a este género. Me pareció que en muchos de esos cuadros era aún visible una lucha: la lucha del artista en busca de la representación de la realidad. El retrato había sido un género de encargo, primero de nobles y reyes, luego de burgueses, que lograban con su poder y su dinero elevarse al olimpo del arte y la inmortalidad. Sin embargo, a caballo entre el siglo XIX y XX los artistas que practican el retrato no lo hacen ya como una transacción comercial. En este terreno, del mismo modo que otros lo hacen con el paisaje o con las series de edificios -como la catedral de Rouen de Monet-, el artista emprende esa misma búsqueda: cómo representar la realidad. Y la tensión que provoca la incertidumbre de sus resultados es posible verla, por ejemplo en el conmovedor retrato de un joven campesino: sus manos de dedos gruesos e inhábiles, los remiendos de los pantalones, la mirada profunda, los rasgos y el tono de piel de los extintos hombres de campo. En este caso, el acierto de la búsqueda parece irrebatible.

La complejidad del arte plástico, con sus novedosos soportes, sus modos de exhibición y de cotización en los mercados, puede haber hecho parecer que esa búsqueda es un capítulo cerrado. Me parece que aún sigue siendo una preocupación central de los artistas: qué representar, cómo, por qué. Lo sigue siendo, sin explicitar, en la literatura; en algunas obras, no desde luego en la marabunta de "novelas históricas" de éxito y en sus aledaños, en los escritores, más que de género, de inercias. ¿Será necesario plantearse a estas alturas la necesidad de reflexionar sobre cómo debe ser hoy el modo de representar artística, literariamente, la realidad? ¿Es otra cosa el arte que el fruto de esa reflexión? No sé, no estoy seguro.

miércoles, 16 de abril de 2008

La isla invitada

Hace ya mucho tiempo que este título se quedó prendido en algún recodo de mi memoria sin ninguna razón aparente. Creo que también le persiguió durante muchos años al creador de esta imagen -aunque en plural-, a Manuel Altolaguirre. Figura en cuatro de sus títulos. Los últimos en que aparece incluyen poemas añadidos, como si, de algún modo, quisiera recoger bajo el lema de "las islas invitadas" toda su producción poética. El primero de sus libros, Las islas invitadas y otros poemas, recoge el único poema bajo este título, una recreación libre del estilo de Góngora, quizá lejos del poder evocador de la imagen.


"La isla invitada" -o "las islas invitadas"- es una imagen ambigua. ¿A qué se refiere exactamente? ¿Son los poemas las islas? ¿Cada uno de nosotros? ¿Los referentes del mundo real que aparecen en los poemas, convocados a quedarse a vivir precisamente en sus versos? Puede ser algo de ello o todo al mismo tiempo; o nada. Probablemente esa asociación inesperada, y sencilla, sea la que haga que la imagen perdure en nuestra memoria. La isla invitada. Me gusta su sencilla sonoridad.

Dentro del libro Las islas invitadas, del año 1936, aparece el poema "En el disfraz del mundo". Desde la primera vez que lo leí me gustó la ingenuidad naïf de su tono, su falta de pretenciosidad. Y me pareció una excelente poética, sin retórica, asequible, de proporciones humildes e inagotables. "¿Qué mayor alegría / que escribir para el disfraz del mundo?". Esa puede ser -al menos de momento, hasta la próxima ocasión- la razón última de la literatura: disfrutar hablando sobre el muestrario real y aparente del mundo.